LAS ELECCIONES SON UNA LICITACIÓN Por: Alberto Moreno Rojas “Las elecciones son una licitación. El país, un campo de inversiones”. Frase redonda de Francisco Durad que retrata el Perú de hoy, nada distinto al de la vieja oligarquía que solía colocar presidentes por vía electoral o mediante golpes de Estado, según se acomodara mejor a sus intereses. Gobiernos adictos, por supuesto, a los poderes de facto y democracias restringidas. No es historia nueva ni hace sus primeros experimentos con Fujimori o alcanza niveles de destreza con García. Siempre fue así. Es el sello distintivo de una clase dominante sin sentido de patria ni interés por una democracia consecuente. Tolerable, si servía a sus intereses; inaceptable si afectaba sus privilegios. Teóricamente el sustento en que se apoya la representación política son los partidos políticos con un mínimo de sustento ideológico, programático, organizativo, de normas que regulan su funcionamiento interno. Lo cierto, sin embargo, es que tales partidos brillan por su ausencia. Si acaso queda uno, en el espacio de la derecha, es el APRA, maltrecho y en descomposición. En su lugar pululan caudillos de todo cariz sin más horizonte que sus ambiciones personales ni más compromiso que el que le dicta sus apetencias y compromisos con los poderes de facto. Caudillos que no se deben a ninguna democracia interna ni responden a una voluntad colectiva. Son los herederos civiles de los caudillos militares que pulularon a lo largo de la historia republicana. No es verdad, desde luego, que la democracia sea el equivalente de la democracia liberal, que ésta sea su expresión única, universal e insuperable. Si la burguesía ha logrado introducir en el imaginario público, incluso convertir en sentido común de la gente la democracia liberal cuyos límites clasistas son obvios, no implica que ella sea la democracia, sino una forma de democracia política históricamente determinable, y por eso mismo, superable. Pero la democracia, incluso la liberal, hay que entenderla en su expresión concreta, en las formas cómo se establece en una sociedad concreta. Pretender que la tradición democrática peruana es similar a la tradición democrática europea, o la democracia que Abraham Lincoln sintetiza en su famosa expresión: gobierno del pueblo por el pueblo para el pueblo, o que Alexis de Tocqueville enjuicia en su estudio de la democracia norteamericana anterior al surgimiento y dominio de los monopolios, es un simpe contrasentido. Lo que tenemos en Perú es una democracia restringida, tutelada, no sólo porque nació y maridó con dictaduras militares, sino también porque no alcanzó a romper con el cordón umbilical feudal y colonial. Económicamente capitalista, pero social y políticamente caudillista, excluyente y autoritaria. Las elecciones, también llamada “fiesta democrática” por la prensa de derecha, se niega a sí misma porque está marcada por la mercantilización del voto. La campaña de Obama, en Estados Unidos, sobrepasó los mil millones de dólares de presupuesto. Recientemente, la Suprema Corte de ese país ha resuelto que el gobierno no puede prohibir que las corporaciones, los verdaderos poderes fácticos, financien gastos electorales. Se supone que la democracia sanciona derechos iguales para todos los ciudadanos. Ello es imposible allí donde prevalece el poder económico y mediático. La mercantilización del voto destruye la libre elección y aniquila el concepto de derechos iguales para todos. Son estos grandes electores los que deciden quién gobernará y para quién. Es el poder del dinero que subordina conciencias y manipula electores. Y cuando a sus intereses conviene, no vacilarán en propiciar golpes de estado “democráticos” como ha ocurrido recientemente en Honduras. Y si las cosas van para más, ahí está la flota norteamericana lista para intervenir con cualquier argucia como pretexto. Con el desparpajo que lo caracteriza, García se expresó con claridad en un conciliábulo de banqueros: “el presidente tiene un poder…puede evitar que sea presidente quien él no quiera. Lo he demostrado”. Se refería a su papel que impidió la elección de su hoy amigo, Vargas Llosa, pero apuntaba a Ollanta Humala. Después ¿qué sentido tiene hablar de democracia? El giro del APRA hacia el neoliberalismo, su alianza incondicional con el imperio norteamericano, las trasnacionales y los poderes económicos locales, culmina un largo proceso de renuncias a sus postulados primigenios. El antiimperialismo de ayer se fue convirtiendo, al amparo del relativismo filosófico que construyó Haya de la Torre, en la alianza con los sectores más reaccionarios, corruptos y entreguistas de hoy. Fue Fujimori quien se encargó de destruir los partidos políticos elevando al pináculo a los “sin partido”, como ejemplos de democracia y renovación. Hoy no tenemos partidos políticos organizados con soporte ideológico y programático, sino aventureros y caudillos dispuestos al asalto de los organismos del Estado, con un rótulo legal como respaldo. Hay que acabar con el mito de una derecha peruana comprometida con la democracia. Mito creado para perpetuar sus privilegios y legitimar su hegemonía, pero que no se corresponde con la verdad histórica. Un nuevo orden democrático, en la dimensión real del concepto, a estas alturas sólo puede provenir del espacio popular. Sólo en el pueblo organizado y consciente de su papel gestor, impulsor y realizador de los grandes cambios sociales, económicos, culturales, cabe encontrar la fuerza de la renovación que ello implica. 4 de marzo de 2010.
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