APRECIACIONES SOBRE LA EXPERIENCIA DE LA CONSTRUCCIÓN DEL SOCIALISMO EN CHINA Y LA LABOR DEL PARTIDO COMUNISTA DE CHINA Por: Alberto Moreno Rojas El socialismo que nos entregaron Marx y Engels, como objetivo a realizar, partiendo de una investigación totalizadora del sistema capitalista, de sus contradicciones, de sus potencialidades y límites, de la necesidad histórica del socialismo para superarlo, representa para sus continuadores un gigantesco reto teórico, y práctico. El socialismo no nació hecho ni es consecuencia del desarrollo espontaneo. Al lado de las condiciones objetivas que crean las premisas que lo hacen necesario, hay que considerar el factor subjetivo, la conciencia, la voluntad de los seres humanos, es decir factores ideológicos, políticos, éticos, culturales, que permitan cristalizar la sociedad nueva que se propone construir y los hombres y mujeres nuevos que lo realizarán. La Revolución de Octubre inició una nueva época en la historia humana. Por primera vez se abrían las puertas al socialismo en condiciones de una Rusia atrasada, con una inmensa población campesina que dejaba atrás el régimen de servidumbre, un proletariado organizado pero minoritario, un Estado autocrático y ausencia de tradición democrática, hostigada además por las potencias capitalistas dispuestas a terminar con ella. Más tarde, como consecuencia de la II Guerra Mundial se incorporaron al socialismo otros países, con diferentes grados de desarrollo y en condiciones también distintas. Surgió entonces el campo socialista. Lugar especial corresponde a la Revolución China dirigida por el Partido Comunista de China, también las revoluciones en Corea, Viet Nam, Cuba, que se llevaron a cabo con sus propios esfuerzos y con una amplia participación del pueblo de sus respectivos países, demostrando con su experiencia que no había un solo modelo de revolución ni de construcción socialista, aun cuando los principios que los sostenían, el marxismo leninismo, tiene validez universal. El derrumbe de la Unión Soviética, sin disparar un solo tiro, su fragmentación, la contrarrevolución que se instala luego en Rusia y las repúblicas desmembradas y los países de Europa Oriental, representa una catástrofe para la causa socialista que el imperialismo celebró como “el fin de la historia” y el “termino de las ideologías”, excepto el liberalismo desde luego. El balance de este prolongado como complejo proceso económico, social, político y cultural, con sus éxitos y derrotas, sus conquistas y problemas, continúa siendo una tarea a realizar. Lo que queda claro, sin embargo, es que la batalla entre el capitalismo y el socialismo es prolongada, extremadamente dura, en todos los campos: ideológica, teórica, política, económica, diplomática, militar, ética, y que en esta batalla no es aceptable darle al adversario un centímetro de ventaja. El capitalismo se organiza a escala planetaria y actúa como tal; el socialismo debe hacerlo también teniendo como centro la lucha de cada pueblo por alcanzarlo en su respectivo país. Las revoluciones no se exportan ni se hacen por encargo, menos aún repitiendo al pie de la letra experiencias realizadas. Es, además, el acto de creación más complejo, y, como tal, en constante avance, desarrollo y enriquecimiento. Revolución que se detiene, se estanca, y luego como el agua estancada, se descompone. El rico pensamiento y la práctica de Lenin, es el mejor ejemplo de cómo deben pensar y actuar los comunistas, en coherencia estricta con la realidad, con los hechos. La posterior rigidez de pensamiento, el dogmatismo que alcanzó niveles cuasi religiosos, la verdad oficializada, impidieron el florecimiento de un pensamiento dialéctico. Y pese a los enormes avances en la economía, en la cultura, en la educación, en la organización del Estado, la democracia y la institucionalidad fueron débiles, lo que llevó a la desnaturalización de los Soviets, a la concentración del Poder, consiguientemente a la burocratización, a los privilegios y la corrupción, excluyendo de hecho a las masas populares de su rol protagónico en la construcción del socialismo. Fosilizado el pensamiento, establecida la verdad oficial, se perdió contacto con la realidad siempre llena de contradicciones y en movimiento, de la que no se excluye también el socialismo. Tanto más en condiciones de una “Guerra Fría” que impusieron los líderes del imperialismo de acuerdo con la estrategia de “contención” del comunismo. Con el derrumbe del socialismo y la desmembración de la Unión Soviética, seguido por los países de Europa Oriental incluyendo Yugoslavia en los Balcanes, que bajo la conducción de Tito instituyó un modelo distinto del llamado “socialismo Real”, para los representantes políticos e intelectuales de la órbita capitalista quedaba muy claro que el socialismo estaba terminado. Comenzaba una nueva etapa en la cual el liberalismo y el mercado capitalista no tendrían rivales ni amenazas. En estas nuevas condiciones, de ofensiva del capital en toda la línea y de expansión económica sobre todo en los Estados Unidos durante el gobierno de Clinton, que ahora sabemos se sustentaba en cimientos artificiales basado en la desregulación financiera, la absorción del ahorro mundial, los créditos baratos y un consumo dispendioso, parecía que el imperialismo y en general el capitalismo habían encontrado la piedra filosofal que eternizaría su dominio sobre la tierra. El socialismo perdió influencia y no pocos partidos comunistas terminaron capitulando bajo la presión ideológica y política de la burguesía además de su enorme poder mediático. En reemplazo de Keynes, economistas ultraconservadores como Friedrich Hayek y Milton Friedman ocuparon el escenario que dio paso a la hegemonía neoliberal, con Reagan y Margaret Tatsher como cabezas políticas. La lucha por la hegemonía mundial entre Estados Unidos y sus aliados, y la Unión Soviética, se resolvió a favor de los primeros con las consecuencias que toda guerra o confrontación termina. En este nuevo escenario, marcado además por la tercera revolución científica y técnica, por cambios drásticos en la correlación de fuerzas y la globalización de los mercados, el panorama para el socialismo se mostraba sumamente complejo y amenazador. Quedaba de manifiesto que no existen modelos de socialismo que exportar, que como todo proceso histórico está sujeto a cambio y desarrollo, y que había que buscar respuestas nuevas en concordancia con la realidad de cada país preservando las posiciones ganadas. El socialismo en China no era ajeno a este conflicto. La Revolución Cultural había demostrado un camino fallido, que no era el que China, país inmenso en territorio y población, con marcado atraso y una población mayoritariamente campesina, debía transitar. Su dirigencia se encontraba ante el imperativo de buscar su propio camino sacando lecciones de experiencias propias y ajenas, y avanzar a zancadas. Ya en el pasado, en la etapa de la revolución antifeudal y antiimperialista, el Partido se enfrentó a una situación parecida. Entonces abrir su propio camino implicaba vencer la influencia del dogmatismo, tarea sin la cual abría sido imposible llevar a la victoria la revolución democrática. La teoría, en el ámbito social surge de la práctica, da respuesta a ella, se desarrolla en consonancia con los problemas planteados por la revolución. Lenin afirmó, con razón, que “el desarrollo es la lucha de los contrarios”,1 válido también para el conocimiento. La elaboración teórica del Partido Comunista de China representa un salto de calidad. Desde luego que no está exenta de riesgos ni de obstáculos. No existiendo un modelo de socialismo, ni un camino rectilíneo a seguir, la tarea de los comunistas consiste en enfrentar y resolver los problemas en consonancia con la realidad y las condiciones de tiempo y lugar.
La teoría de una China que se encuentra en una etapa primaria del socialismo y de que éste lleva las características propias de China, es de la mayor importancia para entender lo que está ocurriendo en ese inmenso país de Oriente, sus singularidades pero también su rumbo estratégico socialista, cuyos alcances no se detienen en el ámbito económico con la reforma y apertura. Implica también, de conformidad con el marxismo, dilucidar, luego del derrumbe de la URSS, qué se entiende por socialismo y cómo edificarlo, qué tipo de partido hay que construir y cómo construirlo, qué tipo de desarrollo le corresponde y cómo alcanzarlo, qué cultura debe ser construida y cómo hacerlo, en correspondencia con la realidad de China. Estas cuestiones teóricas y prácticas están planteadas y deben ser resueltas.
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